sábado, 10 de enero de 2009

Banquete azteca

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Cuando Bernal Díaz relató su participación en la conquista de México, por ejemplo, estaba ansioso por revelar a sus lectores la grandeza de Moctezuma. En parte, ello se debía a las razones ha­bituales. de los conquistadores: hacer valer o exagerar sus logros al subyugar imperios inmensos. Pero Díaz tenía una razón más, de índole personal: se mostraba susceptible acerca de sus orígenes hu­mildes y su mayor alarde consistía en decir que su padre había sido concejal. Era una figura menor entre los hombres de Cortés, y casi no aparece en los primeros anales de la conquista, salvo en los que escribió él mismo. Por consiguiente, Díaz se sentía más que orgu­lloso cuando afirmaba que Moctezuma lo había considerado un caballero: en palabras de un soberano auténticamente majestuoso, esto casi equivalía a un elogio, de modo que aprovechó cualquier oportunidad para escribir acerca de la magnificencia de Moctezu­ma y del lujo de su corte.
Sin embargo, la descripción que Díaz hace de Moctezuma suena auténtica. Concuerda con otros relatos sobre la vida palaciega de los aztecas y la ética pródiga del consumo os­tentoso que deslumbra a los lectores de las listas de tributos aztecas.
El cacique comía tras una puerta de madera pintada de oro, en una sala iluminada por antorchas perfumadas de madera que ardía sin humo, sentado a una mesa cubierta con manteles y servilletas blancas. Trescientos platos, puestos en braseros, contenían «treinta maneras de guisados», incluyendo gallinas, pavos, pequeños pájaros cantores, palomas, «patos mansos e bravos», conejos y liebres, aves de caza a las que Díaz llama faisanes, perdices y gorriones, «y mu­chas maneras de aves y cosas que se crían en estas tierras, que son tantas que no las acabaré de nombrar tan presto». Según afirmó Díaz, «oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad», pero no lo presenció.
Después de que Moctezuma se hu­biera lavado las manos, sirvieron tortillas de maíz y chocolate amar­go en una copa de oro. También «traíanle fruta de todas cuantas ha­bía en la tierra» pero, como prueba de su abstinencia, el jefe apenas las probó. Las grandes serpientes que se servían en los banquetes de otros señores no parecen haber figurado en el menú de Moc­tezuma. Sin duda, las comidas de Moctezuma no eran un mero des­pliegue de extravagancia, riqueza o poder, sino que formaban parte de un sistema señorial de entrega y redistribución de recursos. Cuan­do hubo acabado de comer, entre su séquito se distribuyeron mil platos de la misma comida. Los ingredientes procedían de la in­gente cantidad de tributos enviados a las principales ciudades del imperio depredador de los aztecas, cada día, a espaldas de portado­res. En el palacio del aliado de Moctezuma, el cacique de Texcoco, se entregaban a diario los suficientes tributos como para alimentar a más de dos mil personas con maíz, alubias, tortillas de maíz, cacao, sal, chiles, tomates y calabacines.
Al igual que sucediera en Europa y en las grandes civilizacio­nes de Asia y América del Norte, el modelo de cocina refinada fue imitado por los aristócratas y plutócratas del mundo azteca. Según Bemardino de Sahagún, compilador franciscano de memorias azte­cas, «cuando alguno de los mercaderes y tratantes tenía ya caudal y presumía de ser rico, hacía una fiesta o banquete a todos los mer­caderes principales y señores, porque tenía por cosa de menos valer,
morirse sin hacer algún espléndido gesto, para dar lustre a su per­sona, gracias a los dioses que se lo habían dado, y contento a sus parientes y amigo».
Ofrendas florales, canciones, incienso y bai­les acompañaban a las celebraciones.
eñLos invitados llegaban a me­dianoche para asistir a banquetes que podían durar tres días. el menú solía comenzar con hongos alucinógenos, servidos con miel que causaban visiones "y aun provocan la lujurias. En una celebra­ción típica solia comerse la carne de unos cien pollos y entre veinte y cuarenta perros, con cantidades correspondientes de chiles y sal, maíz y alubias, tomates y cacao. Al final, circulaban jofainas, cacao, cañas de humo, obsequios florales, y se distribuían cientos de mantas entre los invitados que se marchaban.
Las zonas a las que convencionalmente se atribuían «grandes civilizaciones» en Mesoamérica y los Andes tenían tradiciones si­milares. Allí donde existen pocas pruebas de cocinas refinadas, los hábitos alimentarios de los caciques pueden deducirse, al menos, de la existencia de alimentos privilegiados: los marlines que apare­cen en estampas de las partidas de caza de los dirigentes entre los moche, por ejemplo, o los peces marinos que los mensajeros lleva­ban hasta el interior a través de las montañas con destino a la mesa de los incas en Cuzco. En algunas partes del continente americano hubo sin duda sociedades en las que la pobreza o las limitaciones de un entorno uniforme impidieron la diferenciación de la cocina.
Sin embargo, incluso en aquellos lugares donde individuos de todos los niveles sociales comían alimentos del mismo tipo, es posible vis­lumbrar indicios de las cocinas que se estaban gestando en prácti­cas tales como seleccionar alimentos relativamente escasos o muy estimados para las celebraciones de los caciques y para la recepción de embajadores o dirigentes extranjeros. En la década de 1770 un cacique celebró un banquete en honor de William Bartram en Ta­lahasochte, Florida. Se sirvieron costillas de oso, además de «vena­do, distintos pescados, pavos asados (que denominaban el plato del hombre blanco), pasteles de maíz calientes y una especie de gelati­na refrescante muy agradable, que llaman cante y que preparan con raíz de brezo de la China». Fernando-Armesto
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