sábado, 13 de diciembre de 2008

El nido del Aguila

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"Bernard De Nonancourt despertó a sus hombres antes del amanecer. El gene­ral Leclerc había llegado durante la noche y tenía una orden más para los hombres que escalarían la montaña. Quería que la ban­dera francesa ondeara sobre el Nido del águila.
La primera parte del trayecto fue la más fácil. Bernard y su equipo condujeron sus vehículos desde Berchtesgaden hasta la casa de té situada más arriba, en la montaña, a unos veinte minu­tos de distancia. Allí había un aparcamiento y una entrada al ascensor que Hitler había construido. Bemard lo inspeccionó escrupulosamente con los ingenieros, que habían sido enviados con anterioridad para ver si había alguna forma de repararlo. «Es imposible», le dijeron.
Bemard y su equipo iniciaron el ascenso. Hacía calor y la marcha fue lenta con las primeras luces del amanecer. Los hom­bres tenían que detenerse con frecuencia, mientras un grupo de avanzada comprobaba la ladera, para detectar minas y trampas cazabobos.
Al cabo de un par de horas, a los hombres ya les resultaba difícil respirar. Ésa era, precisamente, una de las quejas de Hitler y la razón por la que raras veces visitaba el Nido del águila. Según decía, el aire era demasiado tenue.
A unos pocos cientos de metros de la cumbre, el camino se hizo más escarpado. Bernard envió por delante un escuadrón de escaladores alpinos para tender cuerdas. Luego, uno a uno, los hombres se izaron sobre la cara de la escarpadura.
Todos estaban agotados cuando llegaron a la cima. A pesar de hallarse a una altura de casi 3.000 metros, todavía hacía calor. La vista, sin embargo, era magnífica y los hombres se detuvieron para contemplarla un rato, mientras recuperaban el ritmo, de la respiración.
Desde el exterior, el Nido del águila parecía un lugar apagado, casi indescriptible, no muy diferente a un búnker. Bernard se dio cuenta enseguida de que no sería de fácil acceso. La entrada, for­mada por una puerta de acero, estaba atascada. No consiguieron nada tirando de ella y los mazos tampoco tuvieron ningún efecto. Bernard se hizo a un lado, mientras los ingenieros preparaban una pequeña carga de explosivos. Una vez que se despejaron el humo y el polvo, la puerta apareció ligeramente abierta. Todos echaron un vistazo por la apertura; Bernard, sin embargo, se dirigió a la bodega.
Una vez más, se encontró ante una puerta que había que abrir. Como sucedió con la primera, se negó a abrirse aunque, final­mente, Bernard logró entrar.
En el interior, estaba oscuro, encendió su linterna. Sólo necesitó unos pocos segundos para darse cuenta de lo que había allí. Gritó a los demás para que acudieran. «¡No os lo vais a creer!», exclamó. A todas partes hacia donde dirigía el haz de luz de la linterna se veían botellas, algunas en cajas de madera, otras en estanterías de hierro.
Los otros hombres se apresuraron a entrar con sus linternas; la vista que contemplaron fue abrumadora. Era una sala enorme llena de vino, desde el suelo hasta el techo. «Estaban todos los grandes vinos de los que hubiera oído hablar, toda añada legen­daria -diría Bernard más tarde-. Todo lo que habían hecho los Rothschild, los Lafite, los Mouton, todo estaba allí. Los burdeos eran, sencillamente, extraordinarios.»
Bernard hizo un cálculo rápido. Debía de haber allí por lo menos medio millón de botellas, muchas de ellas de los mágnum.
Los burdeos, sin embargo, sólo constituían una parte del botín. También había extraordinarios borgoñas, así como oportos y coñac que databan del siglo XIX. Se encontraban botellas de todas las grandes casas de champán: Krug, Bollinger, Moet, Piper ­Heidsieck y Pommery, todas las grandes marcas. Entonces, Bemard detectó el Lanson, la casa propiedad de su tío. « Yo ayudé a producir ese champán», pensó. .
Pero no fue eso lo que más le sorprendió. «Lo que realmente recuerdo es el Salon 1928, ese inolvidable champán. Era muy bueno y sólo quedaban pequeñas cantidades.» Casi cinco años antes, De Nonancourt había visto a los hombres de Göring llevar­se ese mismo champán cuando trabajaba en Delamotte, una casa de champán situada frente a Salon.
Bernard tocó algunas de las botellas, como para convencerse de que aquello era real. Luego, se echó a reír. Se dio cuenta de que una parte del champán era de inferior calidad. Había un gran número de botellas marcadas con un sello que decía: «Reservado para la Wehrmacht»; otras estaban etiquetadas sólo como Cate­goría A, B o C, para designar la calidad. Representaban una terce­ra parte de todas las ventas de espumoso desde 1937 a 1940, una cantidad que la Wehrmacht había requisado para «mantener la moral de sus tropas». Bernard sabía que esas botellas fueron las utilizadas por los productores para desembarazarse de su peor champán.
Ahora, Bemard tenía un problema que resolver: cómo bajar medio millón de botellas desde la cumbre de la montaña. Llamó a los ingenieros. «¿ Están seguros de que el ascensor no funciona? ¿ Están convencidos de que no hay forma de arreglarlo?» Negaron con la cabeza y explicaron que los daños eran tan graves que la reparación exigiría mucho más equipo del que llevaban.
Entonces, Bernard recordó que había un cierto grupo de hombres capaces de manejar las cosas con cuidado, especialmente en las circunstancias más difíciles. Se puso en comunicación con radio y solicitó personal médico. «Y que traigan todas las ca­millas que puedan encontrar», pidió.
Lo que sucedió a continuación constituyó una de las opera­ciones de evacuación más extrañas que se montaron en toda la guerra, un ejercicio en el que participaron más de doscientos sol­dados, que tardaron varios días en terminar. Las cajas de vino fue­ron sacadas del Nido del águila y atadas a las camillas con correas. Luego, con ayuda del equipo de alpinistas, las camillas fueron descendidas cuidadosamente unos pocos cientos de metros desde la cumbre, hasta donde esperaban parejas de porteadores que las bajaban lentamente por la montaña hasta donde esperaban tan­ques, camiones y otros vehículos militares. Bernard descendió a gatas, por delante, deteniéndose a veces para contemplar la extra­ña procesión de porteadores de camillas, cada una de ellas carga­da de vino, que descendía lentamente por la ladera.
Bemard llegó a su tanque justo antes de que llegara la prime­ra camilla. «Traed eso acá -ordenó a los porteadores, indicándo­les su tanque-. Faites le plain (Llénenlo).» Los hombres levanta­ron una caja de la camilla y se la tendieron a Bernard hacia la torreta. Era una caja de champán Salon 1928.
A medida que fueron llegando más camillas, la asombrosa escena se repitió. Los soldados sacaron de los tanques y camiones todo aquello que no fuese esencial., incluidas ropas, herramientas y hasta munición extra, para dejar espacio para el nuevo carga­mento. Algunos de los hombres vaciaron sus cantinas y las vol­vieron a llenar con grandes vinos tan legendarios como Latour del 29, Mouton del 34 y Lafite del 37.
Fue toda una fiesta. Cuando la bandera francesa fue izada so­bre el Nido del águila, Bernard abrió su primera botella de Salon 1928 y la levantó, en un brindis. Los soldados lo llaman le repos du guerrier, el reposo del guerrero entre las batallas.
Todavía les quedaba por librar una pequeña escaramuza. Sus «primos» estadounidenses acababan de llegar a Berchtesgaden y no se sintieron precisamente complacidos al ver que los franceses se les habían adelantado. Siempre creyeron que llegarían los pri­meros a Berchtesgaden. Jamás pensaron que les podrían ganar la partida, astutamente, un puñado de tipos que estaban oficialmen­te bajo su mando. Para ellos fue mortificante.
Bernard y sus hombres no se sentían terriblemente preocupa­dos. Para entonces, la mayoría ya lo estaban celebrando y no iban a permitir que unos pocos perdedores amargados les fastidiaran la fiesta, sobre todo porque allí había más que suficiente para todos. Los estadounidenses no tardaron en darse cuenta de eso. Había bodegas de vino por todas partes. Casi cada villa disponía de su pro­pia bodega bien surtida. Los recién llegados encontraron una que perteneció al mariscal de campo Göring y que estaba abarrotada con más de 10.000 botellas. Al poco tiempo, casi el único sonido que se escuchaba fue el de los taponazos de los corchos al abrirse.
Hubo un estadounidense, sin embargo, que no se sintió con ánimos para celebrar nada. El general Wade Haislip, coman­dante del 21° Cuerpo de Ejército, acababa de llegar a Berchtesgaden y lo primero que vio fue la Tricolore francesa izada sobre el Nido del águila. Se sintió muy enojado y desconcertado.
«Estaban ustedes bajo nuestras órdenes y todavía lo están -le ladró al general Leclerc-. ¡Bajen esa bandera e izen la de las barras y estrellas!»
Leclerc hizo lo que se le ordenaba, encogiéndose de hombros, ¿que importaba? Él sabía muy bien quién había ganado la carrera.
Poco después, se encontró con uno de sus comandantes de grupo, el general Paul de Langlade.
"Bueno, ya está hecho -dijo Leclerc- . Ha sido un camino largo y duro, pero ha terminado bien, ¿no le parece?"
Langlade asintió y sonrió, "Dios ama lo francés", dijo.
(de la Guerra del Vino - Don y Petie Kladstrup)
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Salón comedor actual
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(Berchtesgaden a menudo es asociada con el Monte Watzmann, que con una altura de 2713 m es la tercer montaña más alta en Alemania (después del Zugspitze y el Hochwanner), esta montaña es famosa en la comunidad de escaladores por su cara este (Ostwand), y por la existencia de un lago profundo de origen glacial por el nombre de Königssee (5.2 kilómetros ). Otro pico notable es la montaña Kehlstein (1835 m) con su refugio (Kehlsteinhaus) que fuera muy popular (también llamado el nido del Águila), que ofrece vistas espectaculares a sus visitantes. Las ciudades vecinas de Berchtesgaden son Bischofswiesen, Markt Schellenberg, Ramsau y Schönau del Königssee.)
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