sábado, 13 de diciembre de 2008

El comisario Maigret

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El popular héroe policíaco de Georges Simenon, el ins­pector Maigret, contrasta por su singular humanidad al lado de esa colección de colegas suyos norteamericanos que invaden las pantallas de la televisión.
Claro está que el creador de Maigret es un puro genio literario, una especie de Balzac del siglo XX, cuya obra quedará como un documento fehaciente del mundo en el que vivimos.
No pasará a la historia ninguno de los emigrantes grie­gos, italianos o negras cachondas, o ciegos, homosexuales u obsesos sexuales que parecen poblar las huestes de la poli­cía norteamericana, obtusos clientes de drugstore y adictos de la hamburguesa y de la salsa katchup.
Maigret también ha ido a la pantalla, en cine y en televi­sión, encarnado por un número importante de buenos acto­res, sin que ninguna de las interpretaciones colme la distan­cia con el original. El Maigret mejor logrado fue, probable­mente, el de Jean Gabin. Pero hay un personaje fundamen­tal en las novelas de Maigret que jamás ha sido plasmado en el cine. Un personaje sin el cual, Maigret no sería Maigret.
Se trata de Louise, su discreta y dulce esposa, cuya bio­grafía íntegra puede ser establecida a lo largo de la inacaba­ble serie de los Maigret. Sabemos que Louise era alsaciana, de Colmar, precisa­mente, y nacida en el seno de una familia de servidores del Estado, aunque no en la rama policial. Sus ancestros perte­necían todos al honorable cuerpo de Puentes y Carreteras. Jules Maigret, que recién acababa de abandonar su uni­forme de guardia de tráfico para entrar en la criminal, la conoció en casa de unos amigos (los Léonard) y la sedujo. Louise llevaba ese día un traje azul y lo único que dijo a Jules fue: «Se han dejado los mejores: pruebe éstos», seña­lando una bandeja de pasteles.
Louise es una gran cocinera, una cocinera de terruño, que colecciona recetas y confecciona platos sin los cuales Maigret no podría vivir ni investigar.
Recientemente se publicó en Francia un libro titulado Le ,cahier de recettes de madame Maigret (El cuaderno de rece­tas de la señora Maigret), recopilando los platos que come el inspector a lo largo de sus pesquisas, platos amorosa­mente cocinados por una esposa hogareña y un tanto bo­rrosa, pero al mismo tiempo tan real como cualquier otro de los personajes de Simenon. Porque, vamos a ver, si no es en los delirantes folletines televisados norteamericanos, ¿quién conoce a las esposas de los comisarios y cuál de ellos dejaría que su mitad se metiera en una investigación? Y, si Louise sabe cocinar, indudablemente, Jules sabe comer. Hubo pocos grandes detectives gastrónomos. Yo recuerdo a Maigret y al célebre Nero Wolffe de Rex Stout. Sherlock Holmes era opiómano y homosexual (¿no es ver­dad, querido Watson?), como su padre, Conan Doyle, pero no se le conocen aficiones del lado de la cocina.
Me parece, por otra parte, que hacer comer a los persona­jes de una novela y decir lo que comen, es un dato de buen novelista y pocos son los que caen en la cuenta de que dar cuenta de los gustos culinarios de un protagonista, explica mejor su carácter que las digresiones psicológicas y sociológi­cas. Cervantes sabía eso y, por supuesto, Balzac, tuya vida entera fue un tratar de emular a don Miguel, también. ¡Ah!, sería imperdonable olvidar, entre los grandes novelistas gas­trónomos, al negro norteamericano Chester Himes y si me ha venido a la memoria al hablar de Cervantes y de Balzac, no es una casualidad, sino una perfecta asociación de ideas. Los personajes del Harlem de Chester Himes, son perfectamente cervantinos y muy en especial en su relación con la comida (suculenta, por otra parte, en el novelista norteamericano).
Pero volvamos a Maigret. Una tarde, en Maigret y el asesino, «le quedaban 200 metros de caminata para llegar a su casa en donde reinaba un olor de caballas al horno. La señora Maigret las ponía con vino blanco a fuego lento, con mucha mostaza».
¿Quieren probarlas?
Compren caballas bien frescas y una vez limpias y vaciadas, rellénenlas con cebolla y perejil bien picados, introduciendo asimismo en los pescados una ramita de tomillo, l!n poco de pimienta y una cucharada de vino blanco. Untenlas luego generosamente con mostaza fuerte. Riéguenlas con un chorrito de aceite de oliva y envuelvan cada ejemplar en papel especial. Pónganlas al horno medio de quince a veinte minutos.
Un Albariño de Feliñánez en los vasos. Xavier Domingo
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