lunes, 29 de diciembre de 2008

Dinastías de espuma

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Nadie sabe de dónde procedía el enorme bergantín, si de algún puerto del norte de Inglaterra o si de algún país escandinavo. Se vio el navío lejos de la costa, tratando de vencer el imponente oleaje, pero el Nordeste soplaba con fuerza inusitada, incluso para la estación, aquel día de enero de 1775.
De repente, el "barco se partió en dos. Jamás se pudo recuperar el menor rastro que indicara su identidad o su origen. No hubo ningún superviviente en el naufragio. Pero del vientre del navío roto salieron como huevos un montón de barriles que las olas empujaron hasta las costas de Irlanda.
Fueron recogidos y, una compañía de seguros, en espera "de que la investigación diera algún resultado -no lo dio jamás- se los llevó a Liverpool y al cabo del tiempo legal, los subastó.
Un tal William Bass, transportista fatigado de su negocio y con las manos llenas de callos, los adquirió a bajo precio y se los llevó a su almacén. Abrió uno de los toneles y degustó su contenido. La tempestad había trabajado bien. Jamás había probado William una cerveza tan exquisita y tan robusta.
Inmediatamente, él y su esposa transformaron el alma­cén en taberna y la noticia de la calidad de su producto corrió como reguero de pólvora por el gigantesco puerto.
Al año siguiente sus toneles de naufragio estaban agota­dos, pero Bass había adquirido fama de ser el mejor cerve­cero de la región y montó su primera fábrica. En Burton­on-Trent.
En 1839 ya producía 20.000 toneles y creaba su propia red privada de trenes. En 1875 depositó su marca, el céle­bre triángulo rojo, conocido de todos los amantes de cer­veza. Fue la primera marca registrada en la historia de la cerveza.
Hoy, los herederos del transportista, unidos con los de Charringron, que se iniciaron en la cerveza a mediados del siglo XVIII, controlan o poseen más de 15 fábricas de cer­veza, y 11.000 pubs, bares y tiendas de detalle.

Casi en la misma época, en 1820, ]oseph Pschorr, hom­bre de larga vista para los negocios, adquiría por poco di­nero en Munich una vieja fábrica de cerveza, fundada en 1422.
Si vais a Munich, visitad en el número 11 de Neuhaus­ser Strasse el Pschorrbrau-Bierhallen, la fortaleza de la cer­veza en Alemania.
Maximiliano II agarró en el local una tea imperial. En una de las habitaciones privadas del enorme caserón, nació Richard Strauss, biznieto del fundador de la dinastía.
En 1872, un hombre, llamado Tuborg había fracasado en la construción de un puerto de placer en un lugar amado por los excursionistas daneses, vendido los terrenos al ne­gociante Heyman, al consejero de estado Tietgen, al juez Brock y al industrial Puggard, los cuales pasaron bastante tiempo rascándose el cráneo pensando en lo que harían con los terrenos.
En mayo de 1873 los socios visitaban una vez más la landa costera y tuvieron sed. No había ningún bar en los alrededores. Uno de ellos, no se sabe quién, sugirió la idea de montar allí una fábrica de cerveza. Había nacido la Tu­borg Lt. que se fusionó con Carlsberg.
En 1845, un hombre partía de Copenhague hacia Munich. Un largo viaje en diligencia. Iba a visitar nada menos que a Gabriel Sedlmayr, el dueño de la fábrica de cervezas Zum Spaten a fin de pedirle semillas de levadura bávara. .
Sedlmayr le regaló dos botes y el regreso de aquel hom­bre a su tierra fue una atroz pesadilla. A cada paso había que detener el carruaje, bajarse de él y regar con agua la leva­dura a fin de salvarla y conservarla.
Un año después se anunciaba la puesta en venta de la primera cerveza del señor ]acob ]acobsen, Capitán de la Guardia Nacional. Como había que darle nombre a su em­presa, la llamó «Carl». El 10 de noviembre de 1847 se efectuó el primer brasaje de la marca Carl, la Carlberg.
En 1876, ]acobsen creó la Fundación Carlsberg, y a su muerte todas sus fábricas pasaron a esta ciudad cuyos obje­tivos son la investigación científica y la promoción cultural artística.
Así, hoy, por extravagante e inaudito que parezca, cada vez que se vacía en el mundo un botellín de Carlsberg, se da un óbolo para unas excavaciones en Rodas, para una expe­dición al Polo Norte o para fletar un navío oceanográfico. Todos los beneficios de la gigantesca empresa van destina­dos, en efecto, a obras culturales.

En 1759, el capitán Cook obtuvo su primer mando a bordo. En la misma fecha, un ilustre desconocido llamado Arthur Guiness, de no muy buena fama en las tascas, adqui­rió una pequeña cervecería en Dublín.
Era una especie de aventurero. Tenía entonces 34 años y la base de su éxito fue simple. Abandonó la fabricación de cerveza rubia y se dedicó exclusivamente a la negra.
En 1799 era ya el mayor fabricante de Porter de todo el mundo. En ese momento, Arthur Guiness 1 ganó la gran batalla de su vida y afianzó la marca Guiness para siempre.
La «Du­blin Corporation», Compañía de Aguas, celosa del éxito del parvenu quiso cortarle el aprovisionamiento de agua. Guiness constituyó bandas de defensa y se llegó a la batalla campal, ya que la Compañía de Aguas armó a su propia gente. El propio Guiness intervino en la pelea, pico en mano y su actitud, energía y brutalidad amedrentaron a los comandos de los de la Dublin Corporation. Hubo negocia­ción y Arthur ganó. Se casó con Olivia Whitemore y tuvo diez hijos.
Las guerras napoleónicas aseguraron a la cervecería Gui­ness una enorme expansión pero el fin de esas contiendas ocasionó una recesión enorme y la fábrica estuvo a punto de arruinarse.
Arthur Guiness II, que regía los destinos de la firma desde la muerte del fundador, decidió mejorar el producto hasta darle una calidad excepcional y creó el fa­moso slogan "Guiness is good for you", aún vigente. Ahí salió el sorprendente producto que se sigue bebiendo y cuya fórmula es conservada celosamente en secreto. En rea­lidad el secreto es fácil de adivinar: se trata de una cerveza elaborada con materias primas de calidad superior.
A Arthur Guiness II le sucedió Sir Benjamin Lee Gui­ness, que reinó de 1798 a 1868, fue Lord Mayor de Dublín y miembro del parlamento. Cuando falleció, había dado a su marca una expansión mundial y la había convertido en el símbolo líquido de la Irlanda fiera e irredentista.

En 1824, un joven de 22 años, de espíritu tan jocoso como emprendedor, adquirió en el corazón de Amsterdam una cervecería que databa de 1592. El joven no era cerve­cero, pero sí buen bebedor. Un dandy de barba bien recor­tada, que vestía en Londres y era bien conocido en los cabarets. Se llamaba Gerard Adriaan Heineken.
Heineken quería una cerveza ideal para éL Un líquido ligero y bueno para las mañanas de resaca o para refrescarse en noches de juerga. En 1879 era el proveedor exclusivo del Folies Bergere de París y durante la Ley Seca en Estados Unidos, fue uno de los raros cerveceros europeos que, aliado con quien fuera, vendió en Norteamérica.
La firma Heineken es hoy en día la mayor exportadora mundial de cerveza rubia y envía técnicos y consejeros a los cinco continentes. Son los más apreciados.
En 1905, Heineken se hizo con la cervecería Amstel, fundada en 1870 por los honorables caballeros holandeses C. A. de Pesters y J. H. van Marwijk Kooy, que en 1872 repartían su producto por Amsterdam con tres tiros de a caballo. En 1890 le dieron el nombre de Amstel y en 1905 poseían 61 caballos de tiro. En 1920 andaban en los 21 vagones de tren, 15 camiones y 50 carros. Su expansión por el mundo comenzó en 1947 y en 1968 millón y medio de hectólitros al año. .

La dinastía de los Hart, que fabrican la Kronenburg, en Alsacia, comenzó en 1543 con Materne Hatten, humanista amigo de Erasmo, miembro de la Cofradía de Gourmets de Estrasburgo y tintorera de profesión. Su hijo fue Jerome Hatten que continuó con la profesión de su padre y lo mismo hicieron sus hijos porque en aquella época no se 'cambiaba de profesión así como así. Lo hizo sin embargo en 1664 el biznieto, llamado también Jerome Harten. ¿Por qué? .Es un Vaudevile.
Su madre se casó en segundas nupcias con el que había sido su amante en vida del marido. Un tonelero de la ciu­dad, llamado Jean-Samuel Nagel, a su vez hijo de Chris­tophe Nagel, doméstico de la familia Hatt...
Fue Jean-Samuel quien inició a Jerome Harten, su hijas­tro, en el oficio de tonelero-cervecero. Y desde entonces, todos son cerveceros, de padre a hijo, en la familia Hatten, que abrevió su apellido en Hart.


Cerdo a la cerveza

En cocina, la carne que se alía mejor con la cerveza es la del cerdo. He aquí una receta, ideada por el cocinero Roger Roussel:
Fundir en la sartén manteca de cerdo y dorar un buen filete de cerdo. Cuando está dorado sacado de la sartén. Cortar en trozos un kilo de cebolla y dorada en sartén con manteca de cerdo. Poner un fondo de cebo­lla ya dorada en una olla y encima, el filete cortado en trozos, salar y aderezar con pimienta y recubrir con el resto de la cebolla, añadiendo unas hojas de laurel y un poco de tomillo. Espolvorear con pan rallado y recu­brir con cerveza rubia, dejándolo en el horno a fuego medio durante dos horas y media. Al final, desengra­sar la salsa y servir con puré de patatas. X.Domingo
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